Érase
una vez un pueblo tranquilo, donde abundaban las historias de todo tipo, desde
personas normales y hasta seres sobrenaturales capaces de hacer grandes
cumplidos. Había abundancia de árboles, por eso mismo las historias de hadas
mágicas en la naturaleza se escuchaban a diario.
Se
decía mucho que las hadas mágicas ayudaban en cualquier cosa, con sus poderes
podían traerte los deseos más fuertes en tu interior. Así que cuando ese rumor
llegó al conocimiento de un joven de quince años, éste mismo se propuso pedir
que un hada mágica le cambiara el pañal con sus poderes mágicos.
Al
dar las cuatro de la tarde, el joven se fue hacia la zona donde se aparecían
las famosas hadas, llevando el pañal en la mano. Le daba mucha emoción pedir a
un hada mágica que ella le pusiera el pañal, era un intento tan fuerte, pero no
le daba tanto miedo como pedírselo a su madre, eso sí que podría ser peligroso
y aterrador.
Entonces,
al llegar, se quedó observando todos los árboles por unos minutos, y se puso a
llamar diciendo “hola, hola”, por varias veces, escuchando mucho los ecos de su
voz, pero no parecía haber respuesta. Empezaba a creer que las historias de las
hadas mágicas que cumplían deseos eran pura mentira.
Así
se llevó unos veinte minutos, el muchacho tenía ganas de romper el pañal que
sostenía en la palma de sus manos, con la finalidad de liberar su enojo por
creer ilusas historias, sacadas de las imaginaciones más profundas de los niños
y los ancianos por todas partes; aunque lo raro para él, era que esos mismos
niños tenían muchas monedas de oro y artefactos muy raros, como traídos de otro
mundo, era por eso que había apostado a creer en esas ideas de hadas mágicas.
Cuando
estuvo a punto de irse, para volver a tiempo y que sus padres no se
preocuparan, se dio la vuelta iniciando a caminar, y ahí escuchó que unas
raíces del árbol gigantesco se estaban moviendo. Giró de nuevo, observando a
una mujer salir de una especie de portal en las raíces del árbol, ella era muy
hermosa, flotaba, vestía unas prendas hechas como de hojas verdes, parecía más
una ninfa, pero era un hada. Ahí se sorprendió, sentía que su sudor no sería lo
único que lo mojaría…
Entonces,
el hada le comenzó a preguntar por qué había llegado a esas zonas llenas de
árboles, aunque ella sabía que el muchacho deseaba algo especial. El muchacho
le dijo su deseo de ser puesto en el pañal que llevaba en la mano, pero quería
que ella se lo pusiera usando sus poderes mágicos.
Cuando
el muchacho terminó de decir su deseo, el hada le dijo que podría hacerlo con
mucho gusto, ella podría ponerle el pañal, pero sin usar sus poderes, con todo
el honorable proceso de un bebé, con la finalidad de hacer el momento más
ameno, durable, y así valiera la pena.
Hablaron
de eso por unos veinte minutos más, hasta que por fin, el muchacho aceptó.
El
hada sostuvo el pañal, y así como toda buena madre con sus hijos, abrió el
pañal a todo su tamaño, disfrutando el aroma del producto absorbente.
El
muchacho se preparó para ser puesto en el pañal. Poco a poco las prendas que
estaba usando salieron volando, el pene del muchacho emergió como un rebote por
ponerse erecto, la excitación le dominaba y no tenía forma de ocultarlo. Y realmente,
quedaron levitando en el aire, era su pantalón, su calzón de tela color crema
con una estampa de Bob Esponja en el área de su pene. Su ropa levitaba, el hada
había hecho su magia para que no se ensuciaran con la tierra del suelo.
Cuando
el muchacho estuvo con su pañal puesto, se sintió de maravilla, tenía todas sus
bonitas pompas y su pene bien envueltos con una ligera capa de algodón, sentía
muy rico pasar su mano en su pelvis, hasta le daban ganas de masturbarse ante
la mujer que le había visto su erecto pene. Al ver que el hada quiso darle las
mismas monedas de oro, las rechazó, en lugar de ellas, le pidió que su vida
entera siempre estuviera usando pañales de nuevo, que sus padres se los
compraran y sus amigos no lo supieran, solo así se sentiría feliz.
El
hada cumplió el deseo del muchacho, con sus poderes mágicos, envolvió al mundo
para que nunca sospecharan que el muchacho usaba pañales en su vida diaria, e
igual sus padres le volvieran a comprar pañales todo el tiempo, como si fuera
un bebé.
Segundos
después, la vida del muchacho era en torno a los pañales. Antes de irse, el
hada le dio muchas monedas de oro para que las tuviera de recuerdo, un hermoso
recuerdo de cuando se le hizo realidad el deseo de usar pañales en toda su
vida. Cuando el muchacho por fin se fue a casa caminando, nadie pudo ver el
pañal bajo su ropa, y eso que se notaba mucho, a pesar de ir cubierto por su
calzón.
Al
ingresar a casa, todo estaba normal como siempre, pero en la mente de sus
padres ya estaban los planes de irse a comprar un enorme suministro de pañales
para los siguientes años.
FIN