Aromas a ABDL en el cafetal - Parte 10







Parte 10



La señora Celia entonces se aproximó más, le abrió las piernas a su hijo, casi flexionadas; como el pañal ya estaba a la vista, le fue sacando el pantaloncillo y el calzón por las piernas, viendo que la prenda interior de su Mau tenía manchas de popó en los elásticos que hacían presión en las entrepiernas. Puso todo eso en el suelo al lado de sus pies, le subió la playera hasta el pecho, dejando listo todo para el cambio.

─Ya mejor ni pongas fuerza, no tiene caso que no quieras que te ayude en esto─. Dijo la señora Celia a Mauricio.

El chico entendió eso mismo, tenía razón, lo que más quería era salir de ese embrollo para volver a dormir.

Su madre, comenzó a preparar varios trozos  de papel higiénico al lado de la cintura de su hijo, cuidaba que fueran densos para lograr una buena limpieza a la primera. Cuando los tuvo listos, comenzó a abrir las cintas del pañal, una por una.

Al abrirlas, bajó la parte lateral derecha, luego la izquierda; bajó la cubierta frontal, revelando a su sucio pene, brutalmente batido, como un niño al que le habían sambutido la decoración de su pastel en la cara. La señora Celia no dijo nada, solo procedió a con los trozos de papel, a irle quitando los grumos pequeños de popó en las entrepiernas, los testículos, sacándole manchas sólidas y aguadas con el papel higiénico en su mano.

Mauricio sentía los movimientos de su madre limpiarle todo su pene, sus entrepiernas; alcanzaba a ver cuándo le sacaban las manchas grandes de su popó y las ponían sobre la bolsa plástica.

La señora Celia limpiaba rápido a Mauricio según ella, pero no, como quería quitarle la mayoría de las manchas, lo hacía lento. Debido al hecho que su hijito estaba en su vida como un preadolescente, tanto movimiento de un lado a otro le hicieron sentir al chico unas ricas sensaciones, poco a poco se fue poniendo erecto el pene del niño grande en sus primeras formas.

Carlos fue el primero en sacar una sonrisa en su carita redondita, sabía bien lo que le estaba pasando a su querido hermanito, las erecciones justamente le estaban pasando a él en sus primeros cambios y evoluciones corporales. La señora Celia igual veía eso, más aún, podía sentir la dureza en el pene de su hijo por tocarlo buscando todo le quedara bien limpio.

Cuando lo logró, entonces pidió con mucho forcejeo que levantara las piernas sobre su pecho; Mauricio así lo hizo, con la incomodidad encima, revelando sus pompas manchadas de lo mismo. El pañal con todo esparcido en el algodón se quedó justo abajo. Su madre siguió con la limpieza, con más papel fue liberando las manchas postradas en sus testículos, sacando cada grumo con cuidado, deslizando lento hacia abajo, poniendo el papel usado en la bolsa. Cuando le retiró la mayoría, siguió con las pompas de su amado Mau, sin que importase que le quitara grumos grandes. Uno tras otro desliz con el papel en sus manos, le fue quitando toda la popó de esa su hermosa piel.

Carlos sentía el fuerte aroma a pañal sucio, a las mezclas de las sustancias que le echaron a su hermano horas antes cuando recién se lo pusieron. No le gustaba para nada estar respirando todo eso, pero no quería apartarse de donde estaba casi cerca de la puerta, por si pasaba algo interesante a su hermano, como unos azotes o un castigo por haberse hecho en el pañal, no se lo iba a perder. Siguió viendo la postura de Mauricio con las piernas sobre su pecho, dándole toda visión a su madre de su ano y sus redonditas pompas.

Cuando por fin las limpiezas terminaron, la señora Celia apartó con cuidado el pañal sucio de su hijo, haciéndolo un poco bola, no podía hacerlo como cuando lo hizo al ser ellos bebés, porque ahora el pañal que usó Mauricio estaba evidentemente lleno de popó, si lo movía mucho sería suficiente para que algún grumo medio sólido se escapara por las barreras de las entrepiernas. Solo lo echó así como iba, dentro de la bolsa donde puso los papeles con que le limpió las pompas, con un nudo bien fuerte. Lo sostuvo en sus manos y le fue indicando a Mauricio para que se pusiera de pie sin manchar las sábanas de su cama con los mínimos restos de popó que iban en sus pompas. No había quedado limpio a la perfección, claro está, debido a unos mínimos bellos que le había visto en la zona de su ano, en las entrepiernas y la forma del nacimiento de más en el alrededor de su pene.

─Quítate la ropa que te queda, te voy a ayudar en bañarte, no has quedado limpio─. Dijo la señora Celia, en camino al baño con la bolsa de artículos sucios.

Mauricio no tuvo elección, ya le habían visto toda su desnudez su hermano y su madre, al menos no había llegado su padre para pellizcarle su pene como lo hizo al inicio, pero con esas manchas ahí, no hubiese pasado. Así que se quitó lo último que llevaba, caminó rápido al sanitario de su casa, llegando con su madre.

La señora Celia encendió los calentadores con las palancas que se hallaban ahí mismo, logrando que los aparatos calentaran rápido y enviaran calientita el agua en esa noche de frío.

Al voltear a ver a su hijito crecido, desnudo y con sus malos olores, le sonrió un poco, le daba mucha felicidad que a pesar de su edad infantil, conservaba su angelical carita, claramente le podía ver su incomodidad, así que en lugar de enojarse, sería apoyarle para acabar con todo cuanto antes.

Cuando el agua comenzó a salir, puso a Mauricio en el área de la regadera, dándole la vuelta, como el suelo era mediano, para una sola persona, no podría acostarle, así que ahí de pie, le fue tallando con sus manos todas sus pompas, principalmente ahí, con la ayuda de la fibra rasposa le fue limpiando mejor, resbalándole al chico las manchas restantes, todas mezcladas con el agua. Mauricio sentía las manos de su madre pasarle por sus pompas, sus entrepiernas, frotar su flácido pene, el que igual por tanto movimiento ahí, se le fue poniendo un poco erecto de nuevo. Con eso, su madre aprovechó a retraerle su prepucio, lavando mejor la piel dentro de otra piel. A Mauricio le daba muchas cosquillas, no quería reírse mucho, sabía que su madre podría pensar que todo lo ocurrido fue por diversión, solo se limitaba a resistir los calambritos placenteros que le venían cuando los dedos de su madre pasaban por limpiar la puntita de su pene durito igual que un chile jalapeño.

 

Cuando por fin Mauricio el pequeño caficultor estaba limpio de las manchas mal olientes, la señora Celia cerró a la regadera. No le había echado agua en todo su cuerpo, solo en las partes sucias; además no quería que se le enfermara por duchas por la madrugada. Ella secó sus manos con la toalla y luego a su hijo, se la frotó por las mismas partes. Lo envolvió un poco por la cintura y se fueron caminando con cuidado hasta la cama del cuarto, ahí seguía Carlos, revisando los últimos mensajes en su celular, los leídos de sus amigos.

Mauricio se sentó en la cama despejada de todo lo usado. La señora Celia pensaba en ponerle a su hijo un pijama normal, pero no quería que de las horas de ese suceso al amanecer, hubiese más por hacer si se orinaba como siempre. Así que con movimientos rápidos, sacó los pañales y los utensilios apenas comprados. Y le dijo:

─Mau… te voy a poner otro pañal, pero por favor, si sientes ganas de hacer popó de nuevo, por favor, vete al baño pero corriendo, igual si es para orinar y sigues despierto, vete al baño. Quiero que te quede claro que los pañales son solo para dormir y evitar que la cama se moje cuando te hagas pipí por tu sueño súper pesado, no para esto que pasó hoy. ¿Entendiste?─.

Mauricio asintió con la cabeza, tiritando de frío, lo tibia del agua se le había ido de la piel.

Al ver a su madre sacar un pañal y abrir el talco, la crema, mejor no puso más resistencia, el sueño le hacía arder los ojos como el jabón. Solo se acostó, dejó ver su desnudez de nuevo a su hermano Carlos en la otra cama y le pusieron otro pañal con las mismas del proceso. La señora Celia puso mucho talco en el pene de Mauricio, crema en sus pompas, pasando sus manos con toda confianza por sus líneas, su ano, porque ahora ya estaban limpios. Ella podía sentir que los aromas seguían en un nivel muy bajo en esa piel, pero serían abatidos con el dulce poder del talco blanco. Las cintas tronaron una a una con su Trac – trac – trac- trac… dejando ver que las figuritas eran de aviones y ositos.

Como Carlos se moría de sueño, esperando como un abducido por extraterrestres, al ver que ya Mauricio quedaba puesto en otro blanco pañal, se recostó en sus sábanas y se quedó en posición boca abajo, cerró los ojos viendo que su hermano era puesto en otro calzón, pijama nuevo.

La señora Celia se fue a colgar la toalla hasta el balcón de la casa, donde estaban las cuerdas para la ropa. Al salir, escuchó a los gatos maullar a la distancia, el viento correr y sintió la inquietud de esa noche. Colgó la toalla y la ropa que estaba usando su hijo con los pañales, el pijama y el calzón los echó a una cubeta a remojar con agua y jabones, para en otro momento lavarlos, dejarlos útiles para otro tiempo más. Después, se fue a dormir con su esposo.

 

Mauricio se quedó relajado en su cama, con el fresco de la ducha, se alegraba que todo hubiese terminado por ahora, esperaba que no se volviera a repetir. Esperando dormirse en sus últimos minutos, decidió no hacerle caso a esas cosas del terror. Al obligar a su mente a pensar que todo eran temas basura, se relajó de lado en su cama, casi de frente con Carlos, cerrando sus ojos, sintiendo el grosor de su pañal limpio entre las piernas, la presión en sus pompas del mismo haciendo que se le metiera entre sus líneas como los calzones de tela.

Poco a poco su cabeza se hartó de tanto, se quedó dormido solo con la expresión: ─¡Vaya monstruos!