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Monstruo, monstruo…
¿Estás ahí?
En esa misma noche…
Ya eran las 11:33
de la noche.
En toda la
comunidad de Tolutla descansaban tranquilamente, la serenidad estaba apoderada
de las calles hechas de barro y piedra, lo único que sonaba eran los ruidos del
viento arrastrando las cosas, igual el sonido del silbato del velador cuando se
movía de rincones daba ecos en las casas alertando a los perros.
Mauricio
ya estaba dormido ahí bajo las sábanas, casi profundamente, porque en ese
momento, su subconsciente le hizo tener unos sueños relativos con la película
de terror que vio con su hermano apenas en las horas del día pasado. Las
escenas bonitas que estaba teniendo como sueño en su reposo, siendo solamente
que estaba con sus padres en una playa disfrutando de la arena y el agua, esas
mismas se volvieron oscuras cuando cambiaron de escenario, viendo ahora que un
fantasma femenino con túnicas oscuras sin pies levitaba por los pasillos de su
casa, por la sala y por las afueras donde ponían el café al sol, luego el
fantasma se perdió en las colinas del cerro.
Ahí
sintió un escalofrío en su cuerpo, una fuerte opresión en su espalda, y se
despertó de golpe.
Mauricio
vio a su alrededor todo oscuro, quería llorar, sus bonitos cabellos con la
forma de honguito tomaron su lugar en su cabeza, parpadeando varias veces por
sentir casi todo real. Justo ahí recordó todo lo que le pasó antes de haberse
quedado dormido, de segundos a otros, su mente le puso los recuerdos cuando fue
preparado en el tema de los pañales. Ahí su mirada bajó en lo oscuro, abrió un
poco las piernas flexionadas, metió la mano derecha bajo el pantaloncillo del
pijama, igual la introdujo por su calzón, palpándose el pañal por la parte de
enfrente. No podía creer que estaba un poco húmedo, el algodón blanco que le
cubría su pene estaba color amarillo, se había mojado así durmiendo boca abajo.
Con respiros fríos se decía a sí mismo que era un torpe con el tema de la
retención de la pipí, era malo que tuviera eso y sus amigos de la escuela no,
hasta el momento no había escuchado por rumor o burla que a alguno más le
pasara lo mismo.
Tenía
sed, así que se dispuso a ir por un vaso a la cocina. Puso sus sandalias,
viendo que conservaba los calcetines, se los quitó, para darle un respiro a sus
pies. Con cada paso que iba dando sentía que el pañal hacía su ruido, afirmaba
que era como estar forrado de plástico; el grosor entre sus piernas era
perceptible por cada paso, a simple vista, se le apreciaba el bulto.
Mientras
iba caminando rumbo a la cocina, con el sonido de sus sandalias con cada paso y
el pañal, se iba dando cuenta que era primera vez que se despertaba en medio de
su pesado sueño, pero todo había sido por culpa de su hermano y su película de
terror. Sin duda alguna ya podría ser un avance para las siguientes noches
poder despertarse e ir al baño a hacer pipí, pero lo tendría que poner en
práctica. Los caminos oscuros del interior de su casa le seguían dando miedo
por la noche, así como en ese momento, sentía que lo visto en su sueño se iba a
hacer realidad. Los perros se escuchaban afuera, igual el sonido del velador
con su silbato; le dio escalofríos recordar que la gente decía que cuando el
velador pitaba, era porque un fantasma sin cabeza andaba por las calles
buscando el camino al cementerio. Así que para no perder tiempo, se fue
caminando hacia la cocina, encendió la luz, vio todo en orden, se sirvió su
vaso con agua, bebiendo sin problemas. Al terminar, su miedo acumulado y el
hecho que lo que comió con su hermano de las palomitas, la carne en la torta,
todo eso fue pesado para él, además, por esos tiempos le habían dado carne un poco
pasada; evidentemente le dieron unos ligeros retortijones de las ganas de hacer
popó. Claro que pensó en irse al baño para hacer en el retrete, pero la idea
del pañal puesto le formuló una gran duda. Mauricio no sabía qué hacer, si irse
al baño rápido, o dejar salir todo en el pañal como lo hacían los bebés. Al
responderse que eso nunca pasaría con él, entonces se dispuso a quitarse un
poco el pañal, luego ponérselo de nuevo después de hacer en el retrete. Ahí
mismo en la cocina, con la luz del lugar, se bajó su pantaloncillo, el calzón
de tela, dejando ver el pañal orinado por enfrente, su mancha amarillo oscuro
por los líquidos y sobre todo la cafeína de todo lo que cosechaban con gran
pasión. Vio las cuatro cintas de la gruesa envoltura de algodón, no sabía con
cual iniciar a quitar, al poner su mano en una cintilla, algo hizo ruidos en la
sala; su miedo aumentó, sin subirse la ropa, echó una mirada en lo oscuro,
encontrando todo en paz, pero lo que le llenó de pavor, fue ver salir corriendo
a un gato negro con los ojos brillantes por la luz. Mauricio quiso llorar del
pavor, no le daban miedo los gatos negros ni cualquier color de mezcla, pero en
su comunidad contaban que supuestamente cuando un gato andaba en la casa así
como el que vio irse por su ventana, era porque una bruja se había convertido
en el animal; lo cierto, era que el gato era de un vecino lejano y no tenía
educación casera, por lo que al felino le gustaba meterse a las casas a comerse
lo que quedara en la tarja.
Sin
más ni más, Mauricio retornó a su cuarto lleno de pánico, tropezándose con sus
prendas casi a las rodillas, dejando la luz de la cocina encendida. Se echó un
clavado a su cama y se envolvió con las sábanas, poniendo de nuevo su ropa en
su lugar, cubriendo el pañal protector de sus sueños y su cama.
Se
mantuvo ahí sintiendo el poder del miedo, deseando quedarse dormido de nuevo
así como hacía horas.
Lo
malo fue que las ganas de orinar le llegaron a apretar más la vejiga, los
líquidos le pedían espacio. Tembloroso ahí bajo las sábanas, escuchando los
ronquidos de su hermano que parecían a su tetera de café cuando todo hervía,
sintió los ardores de que la descarga era grande, quería irse al baño para
orinar en el retrete, pero tenía miedo que le aparecieran los espectros así como
ahora con el gato negro. Dándose por vencido, mejor optó por el pañal, y se
puso un poco sentado, sin dejar de ver a su hermano por si se daba cuenta que estaba
orinando en el pañal. Pujó lentamente, liberando la salida de toda su descarga amarilla.
Así, el calorcito de su pipí fue llegando a toda zona frontal, dándole
cosquillas por humedecer toda su pelvis, sus testículos, el cruce de sus
entrepiernas, llegando hasta sus pompas; el que todo se absorbiera finalmente
por detrás, fue un alivio completo. Mauricio entonces sintió un escalofrío de
placer, cosquillas le invadieron el pecho, eran las mismas que cuando se hacía
en el retrete, pero todo estaba acumulado en el algodón del pañal y bien
absorbido.
