Quiso inspeccionar ese hecho, y así como lo hizo hacía unos momentos, metió la mano bajo sus prendas, palpando el algodón por fuera, luego por dentro, sintiendo la humedad estar solo por el área de su pene. El miedo se le fue un poco, el ver cómo funcionaban los pañales con precisión le hizo ver la maravilla que de esa forma su cama no estaría húmeda para cuando saliera el sol y llegara su madre. El hermoso Mauricio sonrió ahí hincado, sin sacar la mano del pañal, sin poder creer que estaba disfrutando de la sensación de mojar el pañal con toda conciencia, mejor aún de las cosquillitas que le proporcionaba su pene cuando pasaba sus dedos por su prepucio, el que por la lubricación inicial a su edad de preadolescente, ya generaba el líquido de su futuro placer, haciendo que esa piel se bajara y subiera lento al pasar la palma de su mano por dentro del pañal.
Luego,
al saber que tendría que volver a dormir, la sacó y se acostó.
Dos horas después…
Mauricio
seguía en su cama boca abajo, tratando de dormirse. “Tratando”, porque su mente
seguía un poco activa, lo único que hacía de movimientos era cambiar la cabeza
de dirección, con los ojos cerrados, como lo hacía cualquier niño de su edad,
pero con él habría que sumar el hecho que estaba durmiendo con pañal. Éste
mismo estaba orinado de la misma cantidad, podía sentir él mismo lo crecido del
algodón entre sus piernas cuando hacía presión al tratar de juntarlas, y
“juntarlas” porque él mismo había concluido que no podría hacerlo tanto por
parecer tener una pequeña toalla envolviéndole, proporcionándole aromas a pipí
y algodón de bebés. Solo por eso de haber sentido que los pañales le podrían
proporcionar un estilo de placer si metía su mano o la idea de que amanecería
seco de las sábanas, hacía aceptado el reto de ser puestos en ellos cada noche.
Por
la ventana ingresaba el aire frío de afuera, podían dormir a salvo gracias a
los barrotes y al mosquitero como protecciones. Gracias a todo ese correr
sereno del viento, a que los ruidos del velador con su silbato se dejaron de
oír, a que las leyendas parecieron olvidarse por un rato de su misión de
asustar a los desvelados, fue que el hermoso Mauricio se comenzó a quedar
dormido ahí bajo sus sábanas, con la cabeza hundida en su almohada y reteniendo
las ganas de ir al baño de lo más sucio para cuando amaneciera, después que su
madre hubiese comprobado que no se quitó el ventajoso pañal.
Apenas
pasaron unos 20 minutos de tiempo en los que Mauricio se quedó bien relajado en
su cama, con su cuerpo en total reposo, cuando el miedo volvió a su ser, al
escuchar que la lámina que cubría una pequeña parte de la azotea comenzaba a
crujir, como si alguien caminara sobre ella. Como todavía tenía el temor que
algún personaje siniestro de la película se le echara encima, se puso boca
arriba, mirando hacia arriba en el oscuro techo, sin dejar de oír esos pasos
sobre las áreas de lámina. Lo peor de eso fue cuando recordó que todos contaban
el hecho que los espectros se convertían en ladrones para andar en los tejados
por la madrugada. El pobre cuerpo de Mauricio se puso como de gallina, las
manos le comenzaban a temblar, movía los pies de un lado a otro y justo con esa
idea que el monstruo ya estaba arriba de su casa, se negó a salir rotundamente
de su cama.
Con
mover mucho sus pies, el estar dando vueltas en su cama, el cuerpo de Mauricio
entendió que eran horas de estar activo, así que inmediatamente pedía el
espacio para sacarse de su lugar las ganas de hacer popó. El chico hacía las retenciones
de toda esa masa dentro, ponía las manos en sus pompas haciendo una presión
como pidiendo que no saliera nada, ni siquiera una pequeña bolita o un grumo,
porque no quería hacerse en el pañal.
Lo
feo llegó cuando escuchó que fuera los gruñidos de los gatos volvieron a ser
esparcidos con el viento. A Mauricio no le gustaba estar despierto para
escuchar eso porque no sabía si eran gatos, o bebés llorando, el sonido por
ambos era casi el mismo, a muchas personas en la comunidad de Tolutla les
costaba identificarlos. Le aterraba mucho que fueran fantasmas haciéndose pasar
por bebés y que pronto le llegara el turno a él de ser llevado al inframundo.
Con ese miedo, los músculos fecales de Mauricio volvieron hacer su impulso,
provocándole cosquillas en el cuerpo entero, las clásicas de cuando quería
hacer popó y no había un sanitario cerca. Volvió a poner su mano derecha en sus
pompas, deseando que las horas se fueran rápido y amaneciera pronto.
Los
gatos seguían gruñendo en las calles próximas, como todo estaba silencio,
parecía que Mauricio los tenia ahí a un lado de la ventana. Lo que sí tenía
encima y no podía sacarse, eran esas tormentosas ganas de hacer popó, las que
solo le hacían expulsar unos pequeños gases fuera, los que le indicaban que
todo lo porvenir sería bastante oloroso. Pero para eso, Mauricio ya había hecho
un pacto, no con los supuestos fantasmas afuera, sino consigo mismo, el cual
había sido de: al primer sonido feo
dentro de mi cuarto, un gato, un grito espectral, cualquier cosa real que vea,
me cago aquí en el pañal, será difícil soportarlo; me vale lo que me diga mi
madre.
Así,
solo se mantuvo recostado en su cama bajo las sábanas con la misma posición, respirando
tranquilo y sintiendo ese frío de miedo que se le producía en el pecho por la
espalda, al sonar los ¡¡MEAU… MEAU… MAU…
MAU… !! De los gatos en sus peleas en los montes. Incluso, el chico pensaba
que los felinos le hablaban a él en sus gruñidos, parecían que decían su nombre
cuando sonaba en la tranquilidad un ¡¡MAU!!
Solamente
se puso la almohada que más pesaba en su cabeza para no escuchar mucho los
ruidos, boca abajo, guardó sus manos pegadas a su cuerpo, en la posición de un
palo, y se quedó esperando dormirse, reteniendo sus ganas de sacar una larga
masa apestosa.
Fue
entonces que el viento empezó a correr de forma violenta, haciendo moverse las
plantas de todo sitio, hasta el pastito se ondeaba de un lado a otro. Por las
ventanas del cuarto de Mauricio y Carlos había una planta de mediano tamaño, no
era de café ni ninguna importante, sino un matorral individual que creció por
olvido de ellos de cortarla. Ahora mismo era grande y ya tenía sus largas ramitas
flexibles. Por el viento que había, se movía, rozando sus ramas por la ventana,
por la base, no se veía nada de nada, sus sonidos al chocar hacían parecer que
alguien se iba a meter al cuarto.
Mauricio
estaba que se iba a morir del susto por eso mismo, sabía perfectamente que
alguien había fuera de la casa, que peor de uno de esos monstruos infernales de
los cerros, como los que veía en las películas de terror que ponía Carlos.
Quería
salir corriendo del cuarto pero bajo su cama podrían salir esos espectros, en
el camino a la sala podría salir el gato negro, o la bruja convertido en eso;
arriba lo que estuviera caminando sobre la zona de láminas seguía en lo suyo,
los pasos eran fuertes; no había escapatoria, estaba rodeado.
─¡¡MAAUUU!!─. Chillaron los gatos.
Mauricio
entonces sintió que los monstruos ya iban por él convertidos en cosas
invisibles y cualquier cosa, casi habían dicho su nombre de nuevo en el gruñido
de los gatos, lo querían a él, de eso no había duda ya, así que con las largas
ganas de hacerse en el pañal, retenidas apenas en la punta de su ano, solamente
se sentó en la cama, ahí mismo, casi llorando, deseando que con un mal olor en
él se fueran todos esos espectros, pujó fuertemente.
El
chico sacó un grumo; Mauricio sintió que estaba violando las reglas de la
humanidad al sentir el brote calientito mal oliente entre sus dos pompas. Sus
interiores le hicieron sentir que todo seguiría, era incómodo hacerlo sentado,
todo se obstruía, así que mejor se hincó de un giro en la cama, sin dejar de
ver a Carlos dormido, escuchando sus ronquidos.
A
los ronquidos de Carlos fueron mezclándose los sonoros gases de Mauricio poniéndolo
todo en el pañal, eran como un globo sacándole el aire poco a poco; un largo
trecho de popó bien moldeada como un churro mexicano fue saliendo por fin de la
punta de su ano, quedándose en la envoltura de sus pompas, borrando por fin la
pequeña línea del algodón. El aroma a popó ya estaba en el aire, Mauricio era
consciente de eso, pero no tenía escapatoria, ya no podía evitarlo, para
haberse quitado el pañal en el baño de su casa tuvo que haber caminado
arriesgándose a que los monstruos se lo llevaran al inframundo. Por el momento
era mejor hacerse encima, al fin y al cabo, era un pañal lo que tenía puesto;
si los niñitos de casi cinco años que todavía llevaban pañales puestos lo
hacían, qué sería de él con casi doce años…
Mauricio
siguió pujando por unos minutos más, cerraba los ojos y hacía gestos sonrientes
por la fuerza para sacarlo todo. La gran popó estaba acumulada en sus pompas.
Toda esa masa mal oliente casi se había esparcido hasta por sus entrepiernas;
el chico sentía por unas sensaciones pegajosas, que la popó estaba hasta sus
testículos. El pipí que sacó también había hecho aumentar el tamaño de la zona
frontal, todo era voluptuoso en su zona, un poco gelatinoso y oloroso, como
haberse hecho en su calzón.
