Bebito gigante - Final ETERNO. Parte 2.











Parte 2

 

Un nuevo comienzo – FINAL




Este sí es el final definitivo, 

muchas gracias a todos ustedes

por permitirme llegar a contarles 

la vida ficticia del chico realmente llamado Gabriel, 

quien me conquistó

cuando yo andaba de joven como él. 

 

 

 


Gabriel corrió con toda su velocidad hasta llegar a la escuela, sabía que le iba a costar ingresar, porque ya habían cerrado la puerta. Las energías de un buen muchacho de 16 años bien nutrido se reflejaban en poder conservar la velocidad con que corrió. Y así fue como lo pensó, al llegar, el portón escolar estaba cerrado, tendría que tocar hasta que alguien le abriera.

El joven sintió la acumulación de su sudor en la espalda cuando esperaba que le abrieran, era la misma sensación de cuando jugó fútbol con sus compañeros que tuvo en la secundaria, “si de casualidad le invitaban a ir con ellos tras la pelota”.

Entonces, tras sus insistencias tocando el portón, sí que le abrieron, era una mujer que no era la prefecta ni de los que siempre estaban ahí de pie todas las mañanas.

─No tienes que decirme nada, es obvio que se te ha hecho tarde─. Dijo la mujer, con gesto sonriente y serio, de pie con la puerta un poco abierta, dando a entender muchas posibilidades. Justo ahí, el joven que respiraba agitado, le dijo:

─Buenos… días… ¿Pu-puedo pasar?

─Solo si puedes explicar por qué sucedió esto en vísperas de haber iniciado el ciclo escolar. Eres un joven con una carita muy linda, casi de bebé, y no quiero llevarme la desilusión que por eso vayas a ser de los que siempre están pidiendo tiempo para ingresar después de cerrar─. Añadió la mujer.

Cuando Gabriel escuchó la referencia de que parecía un bebé, recordó a todo lo ocurriendo en su casa con su castigo, donde su madre se la había pasado revisando sus pañales para saber si requería un cambio. Quiso contestarle algo fuerte que le diera a entender a la mujer, que no era la prefecta, pero eso le metería en más problemas, y en casa ya habían muchos que involucraron la confianza. Así que le dijo, bajando todos los músculos en su rostro, para que le permitieran reflejar la sinceridad:

─No tengo otros más que problemas familiares, señorita, mi madre no está bien ahorita por una locura que hice y de la que me siento culpable. Quisiera entrar en detalles, pero serían caóticos para usted saber. Así que dejo en simple decisión a usted si me deja ingresar, si no, me regreso a mi casa con tranquilidad y esto nunca pasó.

La mujer delante del verdadero bebito gigante, quien usaba el uniforme de un chico de bachillerato, razonó todo aquello, realmente era la nueva trabajadora social que por ese día quiso mostrarse bromista, y el comentario del joven, le llegó al interior, causándole duda y ganas por saber del suceso en su casa, pero mejor lo decidió a resolver en otro momento.

En su gesto noble, le permitió el acceso al joven.

─Gracias.

Gabriel se fue caminando hacia el interior de su escuela. Con eso, pudo darse respiros. La nueva trabajadora social, cuando cerró la puerta, volteó a ver al joven para analizar si llevaba bien el uniforme, porque a veces los jóvenes llevaban el pantalón mal portado por detrás, y alcanzó a verle en las pompas y entrepiernas, unas ligeras manchas de humedad; pensó que era sudor, pero éste nunca se marcaba tanto, tuvo que habérsele regado agua o definitivamente, haberse hecho pipí. Con lo bien que tenía entrenada su mente por ser trabajadora social, se grabó el rostro del joven estudiante, para atender ese caso resolviendo duda por duda en otros momentos.

 

Gabriel se fue directo hacia su salón de clases. Tuvo el clásico pensamiento de todos los jóvenes, de no incomodar el profesor en turno y mejor esperar a que saliera para entrar. Y se quedó sentado en las escaleras, pensando en las tareas, exámenes, los pañales, en Carolina y en su madre.

 

Dieciséis minutos después…

 

La alarma de las primeras dos horas sonó, todos los jóvenes del plantel empezaron a hablar y tomar aire en sus salones, poniéndose de pie. Gabriel también se levantó de las escaleras, observando que los chicos salían por los que querían ir al baño. Al verlos, no les habló mucho, solo se fue hacia la puerta, y luego escuchó:

─¡Amigo, a la próxima vete al baño! ¡No seas asqueroso!─.

Gabriel dirigió la mirada a donde los demás, y se dio cuenta que percibían la mancha de sus pompas impregnadas en el suelo por la humedad que tenía en su pantalón gris. No podía creer que se había mojado sin sentir, no era mucho, pero discretamente de todos, se tocó rápido y se llevó la mano a la nariz, confirmando que sí era pipí, por el olor. Como los otros jóvenes eran pasajeros de las situaciones, pensaron diversidad de cosas, y teniendo en cuenta el tiempo  que era de unos 10 minutos para comer o ir al baño, prefirieron irse a hacer algo de esas dos opciones.

Gabriel se fue a sentar a donde había elegido su silla, y sembró la cabeza en la paleta de madera, poniendo el cumplido en su mente de “no debo dejar que se vuelva un problema lo de andar sin pañal, no me puede estar pasando esto, en la escuela no”.

 

Así que las horas en la escuela, donde no debería estarle pasando eso al bebito gigante, se fueron como siempre, teniendo clases de una hora o dos conforme era su horario. Todos los jóvenes tomaban sus notas, otros no, hacían sus esfuerzos para llevarlos por siempre, pero luego de beber agua o comer algo en los minutos libres, se les olvidaba. Gabriel bien los tenía en mente todos esos apuntes, las tareas, fue un alumno con promedio de 9 y 10 en la secundaria, así que no le era problema mantener los datos para luego apuntarlos en sus libretas y hacer bien sus tareas, sí que era un hermoso chico perfeccionista.

Por llevarse todas las horas de la escuela en su silla, sus hermosas pompas que siempre cubrían con la crema y un poco de talco le dolían por soportar todo su peso, y al final de la última hora, solo se cercioró que la base de su silla estuviera seca y se fue corriendo hacia el baño.

Al llegar, se metió a uno de los cubículos del medio, y desajustando bien su pantalón y su calzón de tela, se los bajó hasta las rodillas y un poco más, sentándose con urgencia. Primero liberó todas las ganas de hacer pipí, incluso ayudando a su pene a tener la puntita hacia abajo. Los aromas de su propia amarilla sustancia llegaron a su nariz, teniendo mucha relajación.

Luego llegaron las ganas de liberar su popó, así que no quiso levantarse, únicamente se preparó para pujar bien, liberó la tensión en su abdomen, sus brazos, respiró hondo, y así fue que la tira de masa calientita empezó a salir por la punta de su ano. Los olores de eso fueron más invasivos desde que salió apenas la primera dosis sin caer al agua del retrete, rápido los sintió el mismo y abundaron en casi todo el baño. Sentía nostalgia por la sensación de hacer popó de forma normal, como lo fue en días anteriores, ya que con los pañales, toda esa masa caliente se apretaba contra sus pompas y se esparcía hasta superar las barreras anti fugas.   

Los demás chicos de la escuela empezaron a ingresar, también por tener muchas ganas de orinar, otros tenían ganas de hacer popó pero se las aguantaban; no solo los que iban en su salón, sino lo que estudiaban por la tarde. Gabriel se puso nervioso, le era incómodo tener que estar sentado en el retrete y escuchar a los otros jóvenes de su edad y un poco más grandes, con sus conversaciones de los profesores, las tareas, el inglés, los cursos, el servicio social y demás compromisos, sobre todo, soportar esos comentarios de:

“Huy que mal huele – Alguien se está desvaneciendo con ganas – Mejor hazlo en tu casa”.

Y vaya que todo eso dijeron algunos que ingresaron a orinar en las barras, como medio de distracción para que no voltearan a verse entre ellos cuando tenían que apuntar con precisión al frente.

Gabriel ponía los ojos en blanco por cada una de esas ideas, y cada cinco segundos se asomaba a las murallas del cubículo para saber si no le espiaban o sacaban alguna foto que luego le ridiculizara. La situación era tranquila pero incómoda. Se hizo la idea de lo que su madre olía siempre que le iba a cambiar el pañal cuando se hacía popó, era una abundancia de olor en todo su cuarto. Por todo eso, bien sabía que el asunto de los pañales tendría que ser suyo, un gusto privado, así él mismo olería sus propios desechos, pero no, tuvo que ser su madre todos esos largos días. Pero ya no había forma de regresar el tiempo, por haber hecho lo de arrojar los pañales a la casa del vecino el señor Joshua, le habían castigado con usar pañales a la fuerza y dado muchos mimos como un niñito, volviendo incluso al parecido físico con uno real, teniendo su pene y toda la zona del pañal y sus calzones casi siempre con poco bello. Se preguntaba si alguno de todos esos demás compañeros escolares, habría vivido cosas semejantes o fuera alguno con el gusto hacia los pañales, como lo había dicho su hermosa Carolina aquel día cuando estuvieron juntos por la plaza, que habían muchas más personas en el mundo con el mismo gusto y estilo de vida.

Pero al quedar todo en un limbo, donde no había más que hacer por él, solo se apresuró a volver a casa. Rápido se puso de pie, sintiendo las manchas de la popó que quedaron en la punta de su ano y algunas zonas. Vio hacia donde estaba el porta papel higiénico, al meter la mano, no había. “¡Por esto odio venir al baño en la escuela o en uno público!” dijo él en su mente, molesto.

Como no vio otra opción y los chicos andaban afuera entrando y saliendo, mejor rápido se subió su calzón con figuras infantiles a su debido lugar, recordando incluso cuando en otras etapas menores a su edad, cuando iba al preescolar e inicios de la primaria, igual se subía su calzón sin limpiarse, luego esas prendas quedaban bien manchadas al traerlas todo el día. Así sería a sus 16 años.

Cuando tuvo su uniforme bien puesto, su mochila al hombro, se mantuvo esperando un momento que todos se fueran, o la mayoría no estuviera. Al ser así, le echó agua al retrete, observando, diciéndole ¡Adiós! a su popó irse mezclando por la presión del agua. Luego salió directo al lavabo, para no oler mal en alguna forma.

 

Al salir de toda la escuela y estar en ese punto de dos caminos, de si irse a la universidad donde trabajaba su madre o a su casa, eligió mejor irse a su casa. Quizás su madre quería seguir en ese espacio y si seguía encerrada en su cuarto, sería mejor no entrar. Así que caminó y caminó, solo saludando a su querida Carolina por mensajes.

 

Al llegar…

 

Gabriel vio en su acera el auto de su madre, también el que quizás sería suyo, porque muchísimos días antes de todo ese castigo con pañales, su madre había afirmado que un día le iba a obsequiar ese mismo auto o le compraría uno. Pero ese sueño o promesa se desvanecía cuando recordaba lo del castigo con los pañales. Así que mejor era retornar a esa misma realidad, y entró a su casa.

Lo primero que tuvo en vista al ingresar a su bonita casa, fue a su madre, sentada con otra expresión en su rostro, no estaba feliz ni tampoco triste, era un rostro de tranquilidad.

─Buenas tardes, hijito─. Dijo la señora Érika, sonriendo un poco.

Gabriel se fue aproximando lento, así como cuando inició todo el castigo, justo ese primer día, que incluso recordaba bien el calzón que no se quería quitar en el baño por pena a que le vieran desnudo. Luego de ahí se abrió el camino en el que se encontraba estancado justo ahora…

Pero como buen hijo, no quería perder la decencia ante su madre, y le respondió:

─Hola, mami, ¿cómo te sientes?

La señora Érika sonrió, y le dijo:

─Bien. ¿Cómo te fue en la escuela?

─Referente a las clases y todo, bien, pero por todo lo que nos ha pasado con-lo-que-ya-sabes, en la mañana, te comento que se me salieron las ganas de orinar un poco y se me manchó hasta el pantalón. Pasé un incómodo momento porque al estar sentado se marcó todo─. Respondió Gabriel, incluso indicando con sus dedos las partes donde se manchó la tela de su pantalón escolar, pero a esas horas, casi las dos, ya se había secado.

Gabriel vio que la expresión de su madre parecía continuar así de feliz como siempre con él, y ella añadió:

─Para empezar, no tienes que hablar en clave, Lo-que-ya-sabes-que-pasó fue que usaste pañales y se los echaste al señor Joshua a su jardín, luego te quise poner el castigo de tu vida con eso mismo. Que casi nos volvió locos a los dos. ¿Estamos de acuerdo en eso?

Gabriel sonrió también, parecía que madre e hijo se coordinaban para sonreír teniendo en mente los mismos sucesos y las mismas emociones. Así que la señora Érika continuó:

─Bueno, traigo yo misma el tema a este instante, para darle continuación, a pesar que han pasado unos días desde que hicimos esto mismo cuando te puse yo misma el primer pañal, no ha terminado este castigo. Pero lo que quiero, es que sea de la forma más suave para ti y para mí, que al menos, sea un hecho que lo disfrutemos juntos. No sé qué pienses al respecto…

Gabriel estaba fuera de foco. ¿Un castigo que yo disfrute y ella también? Pensaba el joven. Con esa pregunta se le olvidó lo de la escuela, sus apuntes, le fue igual como a sus compañeros con memoria de pez, pero al menos el joven apuntó sus temas en las libretas. Pero como su madre era alguien a quien siempre había que darle respuesta, sobre todo por la forma en que presionaba con la mirada, no se imaginaba siendo un alumno de ella en la carrera de nutrición y que le preguntara algo del tema… entonces se apresuró a responder.

─Mmmm, suena interesante mami, pero no sé… ha sido mucha presión hasta ahora. Me has puesto contra la espada y la pared, desde que iniciamos esto, y que reconozco fue mi culpa, fue todo algo “fuerte” para mí, pedirme que fuera a tu escuela para usar pañales allá a escondidas de esos jóvenes; hacer uso de los pañales en cualquier parte, está bien que quisiste darme la lección de vivir como un bebé fuera de los compromisos sociales, pero siento que fue muy fuerte. Es lo que puedo decir.

 

La señora Érika se quedó pensativa, le causaba las mismas emociones de amor y emoción, orgullo, escuchar hablar así a su joven hijo con un grado de razonamiento, sobre todo el hecho de que se observaba a ella siendo un varón, su orgullo se traducía a que a su bebito gigante le faltaba una cabellera como la suya, y sería ella misma. Pero luego a su mente volvió su poder dominante, y le dijo a su joven:

─Bueno, pero es que un nivel de dominio tiene que haber cuando hay un castigo, ¿verdad? Por ejemplo, tras eso que hiciste de arrojarle tus pañales con popó al señor Joshua, estuve a punto de enviarte a una correccional militar, donde seguro te iban a tener con mucha disciplina fuerte, levantándote temprano a correr al campo, o a una correccional naval donde ibas a salir a correr a las tres de la madrugada. Incluso estuve decidiendo enviarte a un curso de disciplinas que dan los policías, a ver si así aprendías algo de respeto por la vida ajena. También se me cruzó la buena idea de una línea de servicio social que hay aquí en la ciudad, donde una persona le sirve a la comunidad o colonia que dañó, haciendo mucho trabajo por largos días. Pero me detuve de hacerlo, de llamar a esas opciones, cuando me contactaron unas personas de internet, de unas páginas que brindaban ayuda para casos como los tuyos. Me dijeron que esos comportamientos de usar pañales requerían cosas relativas y era mejor darles por su lado a quienes tienen el gusto por los pañales. Por eso fue que tu padre y yo pagamos una renta de tu nueva cama con el cambiador con porta pañales, además de las otras cosas. El asunto es que se nos ha ido de la mano, al menos para mí, y creo que también lo sientes, lo vives. Y no quiero seguir con pensamientos que no son para ti mí…

 

Gabriel se sorprendía de escuchar a su madre decir todo eso, de volver a saber que su padre había cooperado para darle ese castigo. En su mente le llegaban las ideas de haber preferido irse a una de esas correccionales, cualquiera que fuera, a haber permitido que le vieran desnudo para ser puesto en pañales con el proceso de un niñito.

─Bueno, entonces, ¿qué propones? ¿Ya no me vas a poner pañal? Es que la verdad, también confieso que me he acostumbrado, creo que por eso me mojé hoy temprano que me fui corriendo. No quisiera perder el uso de los pañales, ni provocar que eso te cause molestia.

─Bien, entonces, para que podamos estar bien, los pañales no te los quito de tu camino, y prometo no seguir con la insistencia de que los uses en todos lados. Quiero asegurarte que el castigo sigue, quiero estar segura que de aquí en adelante, no vas a hacer alguna tontería, porque entonces, sí que te mando a una de esas correccionales y allá te quedarás pagando tu condena, sin pañales, sucio así como te pasó hoy…

Gabriel sintió la presión de su madre, le pareció justo.

─Está bien, acepto, no haré ninguna tontería como la que hice con el señor Joshua.

 

A eso, la señora Érika se lanzó sobre su hijo, y le dio un beso en la mejilla. Gabriel hizo lo mismo para con ella.

─Pero me dejarás escuchar mis canciones favoritas de joven cuando me estés cambiando los pañales, hablar con mis amigos o hacer cualquier cosa─.

─Bien.

Después de decir eso en seco, la señora Érika, como era una mujer receptiva en los aromas, percibió que su joven decía la verdad sobre lo ocurriendo la mañana, que se mojó sin sentir, y entonces añadió:

─Bueno, mi bebito gigante, vamos a cambiarte, a ponerte ropa para andar en la casa, debes traer puesto tu pañal.

Gabriel sonrió, se fue con ella tomado de la mano, sin tener mucha dificultad para dejarse llevar por ese instinto protector.

Llegaron al cuarto, que no estaban tan lejos. Ahí el muchacho se acostó como lo hacía de costumbre sobre el cambiador, y la señora Érika sacó un pañal de la gaveta. Con el proceso de siempre, le sacaron los zapatos, el pantalón. Como decorativo para ese momento, la señora Érika le mostró el detalle que le hizo retornar a ese papel de madre consentidora, y era un bonito chupete de mayor tamaño al de un bebé, así como los pañales, un chupete apto para personas-bebés de gran tamaño. Se lo puso a Gabriel en la boca, y el joven continuó en ese rol. Seguido, le despojó su calzón, el que tuvo que verse en el papel de un pañal, pero al no tener ese nivel de absorbencia, filtró lo poco y permitió esos incómodos momentos.

La señora Érika se dio cuenta de que la prenda iba manchada notablemente de popó. No le sorprendía, siempre le había tocado lavar a mano los calzones antiguos de su joven a mano o echarlos a lavar así a la lavadora, era seguro que ese día, entró al baño para hacer uso del retrete como el resto de jóvenes que le parecían muy lindos. No usaría ese calzón para el resto del día, solo lo mantuvo al lado de su joven con la forma de un 8, por haberlo sacado a tirones.

Solo se encargó de limpiarle a su bebito gigante toda la zona del pañal, con sus manos, usando las toallitas húmedas, percibiendo que pronto tendrían que afeitar y evitar el crecimiento del bello en todo el pene del joven. Luego pasó a hacer lo mismo en sus pompas, retirando las manchas de popó por no haberse limpiado. Ella lo sabía, pasaba incluso en la universidad donde trabajaba, pero siempre andaba un rollo de papel higiénico en su bolso. Así que le fue limpiando las pompas así joven, pasando bien las toallitas con sus manos, quitando las manchas de popó, las mismas que llevaba el calzón.

Luego, abrió el pañal a toda su capacidad, el gran pañal, con sus aromas infantiles y apto para retener todo lo que el bebito gigante estuviera dispuesto a depositar en el día. Al ponerlo bajo sus pompas, hizo una pausa, porque quería seguir sacando las fotos para mandarle a su esposo, quien siempre quería estar al pendiente del castigo de su joven, que realmente se usaba la inversión para el propósito; ya verían la recuperación de esa pequeña parte del fondo para su universidad dentro de solo dos años y medio.

El bebito gigante no opuso resistencia cuando se dio cuenta que le iban a tomar fotos e incluso vídeos, sabía que eran para su padre, así que solo se subió más la playera del uniforme escolar hacia el pecho y sonrió para la foto, sonriendo así con su chupete en la boca y en esa posición tan linda con las piernas abiertas, flexionadas, con el pañal abierto bajo sus pompas y enseñando su pene flácido, igual a cuando era un niñito y los usaba.

La señora Érika estaba encantada por hacer eso, de consentir a su hijo. Cerró las cuatro cintas, poniendo como siempre, la puntita del pene de su hijo en dirección hacia abajo, así estaría cómodo y apuntaría a la zona más absorbente del pañal.

─Ya está mi bebito gigante en su pañalito, listo para usarlo, te ves tan lindo mi amor, sé bueno y haremos lo posible por mantenerte en ellos─.

─Gracias, mami. Voy a ayudarte con los pendientes para la casa esta tarde.

─Bueno, así aprovecho a hacer un poco de comida─. Dijo la señora Érika.

 

Así los dos se apoyaron en todo ese día hasta que llegó la noche.

Gabriel fue atendido en sus debidos momentos cuando requería un cambio de pañal.

 

Claro que el señor Joshua, se la pasó pendiente de su ventana para no perderse esos momentos cuando podía ver caminar al joven con el pañal puesto, como única vestimenta, sin poder creer en la clase de mundo en la que había llegado en cuestiones de edad. ¿Cómo es posible que a un joven de 16 años le pongan pañal? Se preguntaba molesto él al cerrar su cortina en encuentro con su esposa, no entendía eso.

─¿Vienes a acostarte, cariño?─. Dijo la esposa del hombre.

─Sí querida.

─Ya te has vuelto loco con eso de que al joven le ponen pañal, no dejas de verlo cada noche. ¡Ya déjalo que viva su vida el pobrecito! Si ya lo sabes, no hagas nada más, de por sí tienes fama de observador de la vida íntima de las personas, y yo no lo creía, cada noche y día andas observando a ese muchacho─. Comentó la señora, esposa del señor Joshua, una mujer que se mantenía siempre en las últimas horas, leyendo sus mensajes del celular.

─¿No lo entiendes, verdad Martha? ¡Yo causé que el joven debiera pagar por esas cosas que me hizo por días y días, y así es como termina, feliz en su casa con esas cosas puestas. ¿Quiere decir que el bebito de casa, ganó?

─Oh contigo, estoy cansada. Hasta mañana Josh.

─Bien, ¡¡Tómame a loco!! Pero deja que ponga en evidencia a tu hermano, ya me enteré que anda de roba calzones en el edificio donde se mudó─.

Su esposa apenas se quiso voltear, le dijo con tono severo:

─Arruínale la vida a mi hermano, te reporto en el grupo y te llevo al manicomio.

El señor Joshua se quedó ahí de pie en la oscuridad de su cuarto, con el enojo por dentro. Su simple existencia así se mantuvo día tras día, noche tras noche, con una enorme cola que le pisarían si seguía abriendo la boca con cualquiera, y por eso, por haberle hecho la vida así a Gabriel el hermoso bebito gigante, su vida se le hizo simple, mucho más que simple, cada mal comentario con intenciones negativas le retornaba multiplicado. Ahora sí, con él, adherido a lo mismo, siempre lo mismo, nunca más lo volvió a conmover.

 

 

Así como los días giraron para todos, también para el hermoso bebito gigante. Uno de esos tantos días, en los que se encontraba en casa usando pañal bajo la ropa, se produjo la llegada de su querido padre, el señor Andrés. El hombre le dio un abrazo tan grande a su joven hijo, a su esposa. Y las cosas pendientes por ver en físico se revelaron. Gabriel mostró su cuarto a su padre, con unas cosas más compradas a la compañía INFANTEX que proporcionaba sus pañales. A esas alturas de todo, ya no había un castigo, sino un estilo de vida, la cama y el mueble cambiador se había ido, en su lugar llegaban cajas que contenían 40 pañales, y había retornado la cama normal del joven. Gabriel pudo darse el lujo de contener muchos peluches, juguetes con los cuales entretenerse como un niñito, así como le gustaba ser sin tener miedo a que le vieran sus padres. Lo único que mandaron a hacer en el suelo del cuarto, fue poner más alfombra de goma, con cuadros de colores que parecía un área de gimnasia, pero ahí el bebito gigante se divertía, o incluso se echaba sus siestas por la tarde después de ser cambiado de pañal en esas mismas superficies.

El padre de Gabriel no perdió la oportunidad de ser quien cambiara de nuevo los pañales sucios de su bebé gigantesco, de pipí y popó, sintiéndose torpe con el manejo de las toallitas húmedas, encontrándose luego con manchas en sus dedos. No le gustaba mucho hacerlo, solo se ofrecía como asistente de su esposa si ella se ofrecía a cambiar el pañal, caso contrario, Gabriel se tenía que cambiar solito. Aunque el joven se había vuelto más experto, con solo meterse a una ducha, resolvía todo, lavaba bien sus pompas, sus entrepiernas, su pene, dejaba bien limpias sus zonas hermosas y claro, sin olvidar masturbarse para alejarse las erecciones un poco, siempre tenía limpio su cuerpo.

Carolina la novia de Gabriel continuó siendo su novia física, solo que después tuvo que moverse de residencia, y al mudarse, los dos se dieron un intenso beso, prometiendo en algún día, encontrarse para ponerse pañales el uno al otro.

Fernando el amigo de Gabriel, supo de la vida secreta de su buena compañía un día que el bebito gigante se abrió para él, dejándole entrar a su cuarto, y entonces las cosas comenzaron a fluir para Gabriel, porque su amigo no tenía por qué andar revelado lo que formaba parte de la vida de su amistad. Gabriel insistía a Fernando en que se pusiera un pañal para cuando iba a su casa, pero Fernando se mantenía pensativo, coqueto en la idea.

Un día lo hizo, pero la sola idea de querer mojarlo así como lo hacía Gabriel con facilidad y luego le quedara la pipí en la piel, o entre los bellos de su pene que el suyo sí los tenía, entonces le causaba vergüenza, incomodidad. Tras eso, Gabriel respetó a su amigo, quedándose con las ganas de verle desnudo para ponerle un pañal; al menos, ese sería su remordimiento por todo el tema.

 

Gabriel Montesinos Aguilar, el bebito gigante, cada noche se la pasaba pensando, en el justo momento en que decidió arrojar los pañales con el vecino, si un poquito más de pensamiento le hubiese alejado de todo eso donde estaba ahora, haber llegado a ese paraíso tuvo que haber sido un camino incómodo antes. Pero al cerrar los ojos, con el pañal puesto, ya en una edad próxima a los 18 años, sí que afirmaría para siempre mientras la vida se lo permitiera, que valió muchísimo la pena.