En la noche… 8:40…
Mauricio
se mantuvo acostado viendo vídeos en su celular en la hamaca, después de estar
ahí se fue hacia su cama para hacer lo mismo.
Al
escuchar que tocaron el timbre, fue a abrir.
Al
llegar, abrió, era Leyden. El chiquillo le sonrió, con su gesto sincero. La
mujer ingresó, llevando unos panes en una bolsa y oliendo bien para la ocasión.
Como Leyden ya conocía bien la casa de su amiga Celia, se fue hacia la cocina,
poniendo las cosas que trajo en la pequeña barra; luego se fue a sentar al
sillón.
─¿Y
qué van a hacer estos días?─. Preguntó Leyden a Mauricio.
El
niño se sentó ante la mujer, y le dijo:
─Creo
que mi madre nos va a inscribir en unos cursos de verano, pero no nos ha dicho
nada─.
─Ah
bien, me imagino es para que no se aburran─. Comentó Leyden.
Mauricio
le afirmó, y se mantuvo en silencio en espera de sus padres, hasta donde había
escuchado, salieron a comprar unos tamales para la cena. Como no sabía qué
hablar con su vecina, le era mejor mantenerse en espera de que ella rompiera el
silencio…
Leyden
observaba a Mauricio cuando él miraba hacia otro lado en su casa, no pedía que
pusieran la televisión porque no era necesario, nada le importaba más que lo
reciente en él, así que aprovechando el momento a solas, emocionada, le dijo:
─¿Y
cómo vas con los pañales?─.
Mauricio
escuchó esa pregunta, la palabra pañal
en la boca de la amiga de su madre era incómoda, apenas el suceso en la noche
anterior había sido muy penoso para él, que la mujer lo supiera era incómodo.
No pudo evitar ponerse rojo como un tomate, su piel moreno claro se puso casi
más blanquita, cubrió su rostro con las manos y con sonrisas, le dijo:
─Yo
no uso pañal…
Leyden
sonrió, reconociendo haber descubierto el secreto a voces en esa casa. Le
dieron ganas de comérselo a besos, le fascinaba ese chiquillo, no era mejor que
su hijo Gerónimo, pero deseaba tener mucho con su niño vecino en cualquier
forma.
─No
te preocupes porque te pongan pañales, yo que tú los disfrutaba, me imagino que
han de ser bien cómodos, no tienes que salir al baño por la noche, me haría
cualquier cosa ahí, hasta popis jajaja…
Mauricio
vio a los ojos a Leyden, sabiendo que lo pudo haber dicho por casualidad o
quizás su madre le había relatado el penoso suceso de la noche anterior. Afirmó
que tenía razón, hasta donde llevaba apreciándolos, le favorecían en todo eso,
pero las razones le seguían siendo fuertes.
─Bien,
como te decía, puedes simplemente usarlos y ya, incluso llegar a pedir que te
traten como un bebé, ha de ser bonito volver a tener esos cariños, donde te
bañen, te limpien todo, así como eres niño, te olvides mucho más de la vida y
alguien mayor se encargue mucho más de ti. Yo lo haría con gusto, te trataría
como mi bebé todo el tiempo, sin límites ni condiciones; serías mi principito,
luego mi rey─. Le dijo Leyden, provocando que a Mauricio le brillaran los ojos,
sin saber si le estaba cautivando de emoción o causando incomodidad, pero no
quiso quedarse sin la oportunidad de decírselo. Tenía que hacerlo, si esa noche
iba a ver cómo le ponían sus pañales, debía hacer que no sintiera vergüenza por
saberle el secreto, así el niño no pediría que ella esperara afuera mientras se
lo ponían en privado.
Mauricio
solo se tronó los dedos de imaginarse todo eso, de ser un bebé, un niño como él
bajo los cuidados de un bebé; como no sabía nada de eso, todas las ideas e
imágenes producidas se le pasaron en la cabeza como un sueño.
Pronto
sus padres llegaron nuevamente con su hermano, cargando las cosas para la cena.
Leyden
se puso de pie para ayudar, Mauricio le siguió.
Todos
prepararon la mesa, hicieron chocolate, café, sirvieron los tamales de carne en
los platos y comieron tranquilamente, platicando diversas cosas.
Ahí
comiendo en la mesa, tronando los cubiertos y cucharas, hablaron de todo un
poco, del café, de las noticias, la empresa Yara, lo que Carlos quería ser
cuando fuera mayor en la Universidad, incluso los rumores del terror en la
comunidad, solo que ahí Mauricio se puso a pensar en conejitos animados para no
tener miedo en las siguientes horas.
─Los
tamales estuvieron deliciosos. Los que hace doña Chole son buenos, a todos les gustan aquí en Tolutla─. Dijo
Leyden, rascando su plato para seguir saboreando la salsa que le dio el sabor a
su tamal.
Mauricio
afirmaba lo que comentó Leyden, también rascaba los restos de su tamal en el
plato. Por último, se puso a beber su café con tanta pasión, con la misma con
la que lo cosechaban.
Continuaron
en la mesa por casi una hora más, conversando y viendo los programas divertidos
de la televisión. Aunque Carlos se apoderó del momento cuando quiso poner desde
su celular los vídeos recientes de sus YouTubers favoritos.
La
señora Celia pudo ver en sus dos hijitos que sus ojos estaban casi brillosos
del cansancio, Leyden ya bostezaba también, así que mejor cooperó con la idea
que todo terminara por esa noche para sus dos pequeñas preciosuras.
─Carlos
y Mau, levántense ya para que se vayan a dormir, casi lloran del sueño─. Dijo
Celia, bebiendo su taza de chocolate, en sorbos grandes para terminarlo.
Carlos
no tuvo problema en aceptar esa orden, rápido se puso de pie, guardó su silla y
levantó sus trastes, diciendo “gracias” por la cena. Mauricio hizo lo mismo,
agradeció con la misma palabra y metió su silla. La señora Celia fue viendo a
su hijo el modo de su caminar, sus bonitas pompas moverse con cada paso casi
sensual, recordando lo que tenía que hacer antes que quedara dormido como
piedra.
─¡Mau…
ahí me esperas en tu cama, te quitas un poco la ropa para poner el pañal. Yo
ahora voy!─. Dijo Celia, haciendo que su hijo se detuviera de caminar, le
volteara a ver con una mirada preocupada de que se estaba tocando el tema
enfrente de Leyden, solo que Mauricio dejó de preocuparse cuando la joven mujer
le hizo un guiño de ojo. Luego se fue a seguir a su hermano al cuarto. En ese
instante, Leyden comenzó a desear con todas sus fuerzas a sus astros que le
cedieran la dicha de observar la colocación de pañal a su niño favorito en el
ejido, en su mente cruzaba los dedos y suplicaba poder verlo. Como era una
visita, no podía irse a seguirlos hasta donde dormían, únicamente esperaba
ansiosa que su amiga Celia dijera algo bueno.
─¿Amiga
quieres ver lo de los pañales de mi Mau?─. Dijo Celia, realizando el deseo de
su amiga.
─¡Pero
claro!─. Respondió Leyden, sonriente.
Entonces
ambas se pusieron de pie, dejaron por un momento la mesa con el señor Jorge,
quien se quedó observando la televisión, teniendo en mente cambiarle rápido y
poner sus temas del fútbol. Celia y Leyden se
fueron a lavar las manos a la tarja, retirando los restos de olores a
tamal y manchas de las salsas. Dilataron ahí sonriendo por los chistes que se
decían de sus rumores de mujeres, las cosas que Leyden recomendaba para una
cocina mejor organizada con las cosas a la mano.
Al
estar listas, se fueron hacia el cuarto de Carlos y Mauricio.
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