Aromas a ABDL en el cafetal - Parte 4







En la finca Celita, les llegó la hora de las 11:30, el sol alumbraba a toda potencia para estar espléndido al medio día, por lo que eso había hecho sudar mucho al señor Jorge y a su familia, provocando que Mauricio sintiera su playera casi empapada de sudor y los aromas que le hicieron amanecer de una incómoda manera, llegasen a su nariz en algunos momentos cuando se movía agachándose entre los alambres y plantas.

 

Cuando dio mucho más del medio día, casi la 1:40 de la tarde, Mauricio tenía muchas ganas de orinar, tanto café que bebió en la mañana y las costumbres de su vejiga de descargar largos chorros por la cafeína, le estaban pidiendo espacio, pero por ese momento prefirió aguantarse hasta llegar a casa.

─Haber Mauricio, ven para acá─. Llamó la señora Celia desde la esquina de la finca, hallándose en una zona con mucho sol.

Mauricio escuchó su llamado, poniéndose nervioso, ya que podría ser que le llamaban por el hecho de haberse hecho pipí en la cama o porque simplemente su madre quería ayuda en algo; una de dos.

El chico se fue hacia su madre a pasos rápidos, cuidando no resbalarse en las bajadas de todo el predio, ubicado en zona de cerros y algunas rocas.

─Si─. Dijo Mauricio, quedándose a unos metros de su madre, con las manos en la cintura.

─Ayúdame a cortar los granos de las ramas que tuve que arrancar, ya me cansé de inclinarme mucho─. Dijo la señora Celia, dándose un ligero masaje.

Mauricio dijo que sí con la cabeza, comenzando con la acción. Se inclinaba y levantaba cuando tenía frutos del café en sus manos, llenas de tierra por hacerlo mucho en las anteriores fincas.

La señora Celia esperaba de pie, ahí justo bajo el sol con su buen hijo, a quien le enseñaba mucho al igual que su otro hijo Carlos, sobre la educación y el buen oficio de ser un caficultor. En un brevísimo correr del viento, aprovechó para limpiarse el sudor de la frente y de su pecho, con ese fresquito viento le llegaron a sus narices los ricos aromas a café verde que se hallaba en todas partes, pero lo que le estropeó ese rico respirar, fue un aroma a ropa con pipí seca. Lo fuerte del sol le hizo sentir la molestia de que de nuevo había sucedido, el pesar del ritual que le esperaba, ya eran muchos días de lo mismo… de cambiar sábanas olorosas a pipí y también poner a remojar los pantaloncillos y calzones de su hijo por horas para que se le fuera bien el aroma a agrio, sobretodo, haciéndolo sin decir nada de nada con nadie; con eso estaban finalizando un tercer mes con camas orinadas en noches alternas. Sabía bien de parte de quién venía ese aroma a pipí, así que tocándole fuerte el hombro a Mauricio para que se detuviera al ponerse de pie sacudiéndose las manos, le intervino y le dijo por primera vez:

─Hijito, ¿Por qué te estás orinando en la cama?─.

Mauricio sintió que ahora sí iba a sacar toda la pipí que tenía resguardando en su vejiga, los rayos del sol sobre él en lugar de ser calientes, o ardientes, sentía que se volvían fríos, los nervios de ese incómodo problema le volvían sus piernas como una planta más, inmóvil para poder correr. Sin poder encontrar una respuesta clara, solamente movió los hombros en duda y le dijo en tono seco:

─No me he hecho nada─.

La señora Celia le frunció el ceño, no molesta, pero en señal de que estaba dispuesta a interrogar hasta que dijera que sí.

─¿No te hiciste pipí en la cama? ¿Entonces ese aroma que traes, qué es? ¿Me lo imaginé?─. Repuso ella.

Los dos se miraban un poco serios, Mauricio tenía un pesar, una dificultad para verle con sus bonitos ojos, su piel moreno claro de su rostro sudaba de calor y de nervios, incomodidad y desesperación por querer mojarse de vergüenza.

─Es que no me hice nada, en serio─. Repuso el chico.

La señora Celia le vio las piernas a su hijo, afirmando que lo que iba a hacer le daría el entendido a su nene de que tenía razón en su sospecha, entonces le dijo:

─Haber date vuelta─.

Mauricio entonces hizo eso, le dio la espalda a su madre, conectando la mirada con su hermano Carlos, quien estaba observando-escuchando todo lo que hablaba ahí con su madre; la señora Celia le sostuvo el pantalón de mezclilla y se lo bajó lo suficiente, revelando las pompas de su hijo, el calzón de tela con las flores de Bob Esponja que le cruzaba por sus buenas pompas, metido un poco en sus líneas, hasta recordó cuando lo seleccionó en la compra para él; y con su mano, frotó rápido unas tres veces, como si fuera la lámpara maravillosa del cuento de la que saldría un genio; se apartó de su hijo y Mauricio se subió su pantalón sin haberlo visto venir, viendo a su hermano reír un poco, volteó, su madre olía su mano.

La señora Celia afirmó que el aroma a agrio era el del pipí en la tela seca.

─Todo este olorcito tuyo que me venía estos ratitos, es porque de nuevo hoy te hiciste pipí en la cama, hijo, además, no te cambiaste los calzones, cochino─. Dijo ella.

Mauricio ya no dijo nada, solo siguió con la mirada baja, sin saber si llorar o gritar de la pena. En su interior maldecía ese momento en que le descubrieron, sobretodo, le abatía que los hechos estaban en boca de su madre por primera vez.

─Ya no te diré más, tranquilo, mejor sigamos porque nos va a agarrar más duro el sol. Pero cuando lleguemos a casa, por favor, te me bañas completito, te me cambias ese calzón y pones buena ropa. Ahí le dices a tu hermano que iremos al cine en la tarde a la plaza y a hacer despensa, para que no se tarde mucho─.

 

Los cuatro integrantes de la familia, cosecharon todo, guardaron las cosas en el auto y cerraron la finca.

 

De ahí se fueron a la última, a la finca Xoxohuacán, casi a las 2:00 de la tarde.

 

En la tercera finca, todo el proceso fue igual, Mauricio y Carlos sacaron los frutos del café que ya estaban listos, sacaron la basura en costales y regaron las plantas. Como el humor de Mauricio estaba abatido, no hablaba mucho, solamente respondía un poco los comentarios de Carlos, quien era el de los temas graciosos.

 

Al final, los cuatro tenían mucha hambre, a lo que se fueron rápido a casa. Dejaron las cosechas de café en una mesa de lámina para que se terminaran de madurar a la luz del sol.

De ahí se fueron a cambiar para salir a comer algo rico fuera de casa, con eso mismo, hacer los planes de la señora Celia, primero ir al cine y luego reunir la despensa de toda una quincena.

 

Mauricio bien se cambió de ropa mientras se bañaba, lavó bien su cuerpo completo, pasando el jabón por su pecho, su espalda, sus piernas. Con la misma barra de jabón, hizo mucha espuma para lavar un poco su pene, retirando su prepucio hacia atrás. Le gustaba hacer eso, unas ricas cosquillas emanaban de esa parte, no quería frotarse tan fuerte porque aún no se permitía el tiempo para hacerlo, pero hacía varios días, sintió que ¡¡Uff!!... había corrido un maratón, dando unos ricos gemidos y elevado unos centímetros del suelo.

Al final de su ducha, salió con sus prendas puestas, un calzón color rojo neutro, no tenía estampas ni ningún detalle a estilo infantil, su pantalón formal y una playera de cuello de polo color negro.